El fracaso

Anoche, en una de tantas noches de insomnio en la que acabas yendo al ordenador de nuevo, no sé la razón exacta, pero recordé muchas situaciones de mi juventud y de mi infancia.

Imagino que cuando eres padre te enfrentas a situaciones diarias que en ocasiones te transportan a momentos vividos, y muchos de esos momentos no serías capaz de recordarlos en condiciones normales, digamos que accedes a ellos fugazmente al vivir una situación parecida con tus hijos.

El caso es que me estoy dando cuenta de cómo tratamos el fracaso desde pequeños hasta adultos, el cómo se te inculca desde muy pequeñito lo malo que es fallar, lo delicado que es… y que debes evitarlo a toda costa.

Fallar es el coco.

Luego, pasa lo que pasa, este sentimiento lo llevas encima durante toda tu vida. En algunos momentos más arraigado que en otros. Pero no puedes quitártelo de encima.

¿No tenías miedo de levantar la mano para preguntar según qué? ¿Y si te equivocas? ¿Y si lo que vas a preguntar es absurdo…? Mejor piénsalo mejor antes de levantar la mano…

¿Y el salir a la pizarra? Seguro que algunas asignaturas se te daban bien, otras mal, otras regular. O quizá era la profesora o profesor lo que te daba respeto. O ese chico de la primera fila que siempre sacaba punta a los errores de sus compañeros. O simplemente, quizá eras tú, que te auto-exigías no fallar a toda costa.

Fallar está mal.

Tanto es así, que se magnifica hasta puntos muy delicados.

Los niños dejan de hacer determinadas cosas, tan siquiera de intentarlas, por miedo al fracaso. Por miedo a fallar. Por si alguien les mira, por si alguien se lo cuenta a otro. Para que no se rían. Para que no se lo hagan pasar mal.

Un momento… ¿he dicho los niños?

Ya, claro, ahora me dirás que a ti no te pasa esto, que nunca has tenido este tipo de sensaciones.

Claro.

Repasa mentalmente… que seguro que alguna encuentras. O quizá muchas, e incluso más de las que desearías. Piensa bien, ojo, porque tendemos a enterrar toda situación embarazosa. Nuestro cerebro es experto en eso.

Culturalmente, socialmente, el error es lo peor. El miedo al fracaso te lo inculcan tan a fuego, que llega un momento en que ya no puedes quitártelo de encima. Es más, parece que estamos concebidos entre 2 raíles, y esos raíles los han construido por ti, tú no has tenido nada que ver, salvo por tu parálisis. Desde pequeños nos han moldeado, nos han dicho cómo debes ser, cómo debes ser para triunfar, para que te acepten otros, para no ser diferente, para no ser el raro, para no equivocarte, para no fallar.

Llega un punto en el que te llegas a preguntar si tú eres así porque has decidido serlo, o si la gran mayoría de acciones y decisiones las tomas por todo lo que te han inculcado, por todos los prejuicios, por todos los miedos que te han infundido.

Si te paras a pensar… toda esta gente que te ha dicho “por aquí sí, por aquí no”, “así sí, así no”, ¿eran modelos de triunfadores?, es decir, es comprensible que si alguien escoge la puerta roja y le sale bien la jugada, te recomiende la puerta roja. Pero, ¿y si la azul le hubiera reportado más?, él no lo sabe, sin embargo ya te está obligando a escoger la roja. Y sí, digo obligando, porque cuanto más pequeño eres menos poder de decisión tienes, y al fin y al cabo, acaba haciendo lo que te dicen. Y el problema no es ese, si no que somos animales de costumbres, y cuando te han hecho coger la roja 3 veces, es bastante posible que lo sigas haciendo siempre.

Mira lo que pasa con las redes sociales. ¿Ves algo mal en la vida de la gente? ¿Ves muchos errores? ¿Fotos malas? ¿Malas notas? ¿Malas elecciones en sus dietas? ¿Vacaciones aburridas?, no, ¿verdad?

Obviamente no van a subir la foto en la que salen mal, ¿pero cuál es el resultado de eso?, pues que todo lo que ves del resto es perfecto, es genial. ¿Por qué? Porque el fracaso está muy mal visto. El error es un suplicio. Y al final parece que todo lo que te rodea son vidas perfectas, sin errores, sin fallos, y eso te genera presión, y más presión.

Una presión que te imbuyen desde pequeño, desde no tener que fallar en un examen, a no fallar el penalty, a que no se te caiga el vaso, a que no aciertes en el cubo de basura, a que… y así hasta el infinito.

Una simple reflexión.

Hay que fallar más, debes equivocarte, debes entender el fracaso, desde dentro, y no que otra persona pueda decirte lo que se siente, debes sentirlo.

Y te levantas. Y te ríes. Y lo intentas de nuevo.

Debes ver el error como un margen de mejora, como posibilidad de ser mejor, y lo más complicado… intentar evitar el convencionalismo que rodea al fracaso, alejarte de eso y alejar de eso a los tuyos.

A comprar tiritas, hasta que no quede piel libre donde ponerlas.

Conocimiento, Aptitud y Actitud

Siempre he pensado que el querer formarte, aprender, y mejorar, forman parte de uno mismo. Hay quien potencia eso sobremanera, y hay quien no.

Está claro que nadie tiene la clave del éxito, y que puedes hacer las cosas “como se deben hacer” y triunfar, o no. No sería el primer caso que haciendo las cosas “fatal” (o como entendemos ese término) alguien llega a lo más alto. Por tanto… todo es una cuestión de actitud.

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